viernes, 15 de octubre de 2021

El libro de la gratitud. Capítulo 14: La sombra

Hay un capítulo de este libro de la gratitud que he intentado escribir muchas veces, pero que no he logrado conectar de la forma fluida en la que se han dado todos los demás. Me he paseado por aquí y por allá, pero aún no encuentro el camino. Ese capítulo, es el mío.

Sin embargo, he sentido que hoy he encontrado una puerta que tal vez me lleve allí y a escribir esa anhelada entrada... y es empezar por el revés, por el lado 'b', por la famosísima Sombra. Es una entrada sobre mí, un poco rollo 'upside down'. 

Hace un par de días tuve mi vacuna del Covid19. Me demoré un poco porque había tenido la enfermedad hace tres meses y bueno, esperé ese tiempo. Tomé mi medicina, me dolió mi bracito y volví a casa ya sintiendo un leve malestar en el estómago, en el aura, en un lugar que no sé cuál es. Fue un aviso muy corto para lo que vino después. 

En algunas otras entradas de este blog he mencionado por encima que sufrí depresión buena parte de mi vida. Alguna vez incluso estuve medicada, pero soy un ser demasiado intenso como para permanecer mucho en ese estado. Lo que sí me acompañó mucho rato fue esa sensación de sentirme inadecuada, de no pertenecer, de no ser amada porque había algo oscuro allí en mi corazón que ponía una distancia insalvable con el mundo. Seguro ustedes, queridas y queridos lectores, han sentido esa sensación en su relacionarse conmigo. Nada más escribirlo y siento miedo, no sé bien de qué. He encontrado maestras y ángeles en mi camino que me han acompañado a ver esta parte de mí y a empezar a vislumbrar abrazarla, por quienes siento inmensa gratitud (ya vendrá su entrada). 

Gracias a eso, hice de esta parte de mí como un perrito que tengo en secreto allí guardado, a buen resguardo y lo mejor alimentado posible, de tal manera que no ladre mucho y que los vecinos no se enteren de que vive allí. Esa 'yo' que niego de mí misma, que procuro que nunca, nunca se vaya a ver.

Pues bueno, el caso fue que la vacuna me produjo un dolor intenso de cuerpo, que nunca había sentido y me llevó a sentir el centro de mi pecho tan profundamente que no pude más que llorar y querer morir de nuevo, como tantas otras veces. Allí de nuevo. Sentir la impotencia ante mí misma, ante este cánido dolido que reclamaba mi atención. La frase era: ¡Mírame! 
Les describiré la imagen: fue como sumergirme en un océano, gigante, verde esmeralda y brillante, con los ojos cerrados como cada vez que entro al agua y me da miedo que me duela abrirlos y de pronto verme allí, frente a mí, completamente oscura y con los ojos fijos en los míos, esperando porque los abriera. Y lo hice. Y, damas y caballeros, qué fuerte es esa sensación. No es la primera vez de esto y siempre, siempre me conmueve.




Diana sombra es mil cosas, casi imposible de describir... infinita, compleja, atribulada, obsesiva, celosa, muy aprehensiva, intensa como no hay. Su piel es inasible y a la vez densa y tersa y eléctrica. Y me miró, con esos ojos grandes y abiertos, de no querer existir y a la vez estar dispuesta a dar la vida por experimentar cada pedazo de esta encarnación. Y allí estuvimos, llorando juntas, yo volteando la vista de vez en cuando, sin poderme escapar en medio de tantísimo dolor. Y me rendí allí, en esos brazos que tanto miedo me dan, que tanto reto me implican, que tanto quiero esconder.

Y en medio de eso, recordé una enseñanza poderosa que me dio una de aquellas maestras que me han acompañado: en la sombra también hay regalos. Y fue ella, y no ese lado luminoso, cursi y show off (que tanto me gusta) de mí, quien me recordó que este camino lo vamos recorriendo juntas. Que siempre fue allí en esa oscuridad donde pude encontrar tesoros que son hoy mis baluartes. Que también ella es la compasión, el amor, la entrega sincera que hoy puedo experimentar, que vinieron de allí, de esa aprehensión, de la intensidad, de la obsesión que se fue convirtiendo en determinación conmigo misma, en disciplina. Ha sido en ella, en sus fragmentos, en su aparente rotura, que me he ido armando, pedacito por pedacito.

Por eso hoy, esta entrada es para esa parte de mí. Este último día del año, este día de morirme a todo lo que fue este tiempo, quiero dedicarlo a la sombra. En infinita gratitud por estar allí, por ser parte de mí. Por las ganas de morir que luego me conectan profundamente con la vida, por esa dificultad para tomarme a mí misma, mis pliegues y dolores, mi historia, porque sigo aprendiendo de todo eso y no me aburro y con mucha frecuencia me divierto.

Gracias querida sombra, gracias querida yo por mostrarme el camino hacia mí. Y gracias porque fue en ese abrazo, en el fondo de ese océano que son mis emociones, las tuyas, las nuestras, que encontré la fuerza y la dicha de empezar este nuevo ciclo más abierta, con más amor y fue en tus ojos en los que pude vislumbrar esa posibilidad de aceptación de mí y de la vida, fue tu mano la que me llevó a la superficie otra vez.

Amor es una palabra pequeña para lo que esto significa.

Feliz final de ciclo. Gracias infinitas y que muera todo lo que fue, para que todo lo que es pueda vivir. Feliz cumpleaños a mí!

lunes, 19 de julio de 2021

Sangrar

Escribo esta entrada motivada por un querido amigo que me habló de la vulnerabilidad y me dio un contundente ejemplo de ella. La tenía en mente hace días, pero no había encontrado el punto para retomarla. También surgió como una forma de poner en palabras la emoción que me produjo la foto que acompaña esta entrada, que es protagonista también, no solamente las palabras transmiten. Así que, acá voy.



El verbo sangrar, es uno que me conecta profundamente con la vida, con el ser vivo o viva, con recordar que estamos hechos de agua, que somos seres emocionales. Para las mujeres, además, este verbo nos habita desde muy temprano, cuando empezamos a ejecutarlo mes a mes, durante buena parte de nuestra existencia, en una experiencia que permanece tabú en muchos sentidos y que por ello ha conllevado históricamente dolor, vergüenza, secreto.

Es el mismo verbo con el que estamos tan cerca y a la vez tan lejos en Colombia (pero no solamente acá). La sangre de miles de hombres y mujeres que la han derramado en tantas guerras sin sentido, que nos tocan al pie de la casa para que salgamos corriendo; o que vemos por televisión, como si fueran un programa de acción más, bajo esos horrendos formatos agringados de los noticieros...

Es el mismo verbo que nos gobierna cuando nos caemos de pequeños y vemos ese precioso líquido salir por la rodilla, o el codo, o el dedo, con la angustia de que va a durar para siempre y preguntamos a quien esté cerca si acaso nos vamos a perder por esos pequeños hilos rojos.

Y es lo mismo que sentimos, cuando algo nos duele mucho, ya no en lo físico, sino en el corazón, en las emociones. Cuando algo nos resulta incomprensible y nos atraviesa en este proceso maravilloso que a bien hemos tenido en llamar 'duelo'.

Fue en ese contexto en el que empecé a escribir esta entrada, que se acompaña de la foto que me tomé desnuda y con mi sangre menstrual cubriendo mis senos, mi corazón. Me atravesaba un dolor enorme en ese momento, fruto de una decisión que me llevaría por este camino del duelo, del soltar. Y me pareció una imagen hermosa esta de sangrar. 

Hace algún tiempo empecé a establecer una relación diferente con mi periodo: una de celebración, de juego, que me ha traído una profunda paz, mucha conexión con lo femenino, como una reconciliación con algo muy mío, muy nuestro, que había permanecido oculta mucho tiempo. Hace años leí una columna bella de Antonio Caballero en la que hablada de la tauromaquia. Luego de describir de muchas formas esta batalla simbólica que representa, decía que la muerte del toro en la lidia, es la única muerte de un animal que es bella. Así sentí en ese momento lo que me implicaba menstruar. Sangrar a manera de liberar y a la vez de sembrar en mí la semilla de nuevos ciclos, la forma más bella de sangrar.

El ver la belleza en esto, me recordó las otras formas de sangrar que me han acompañado en la vida: esta de la partida de alguien (tengo roto el corazón, sangro); la de las víctimas de 'esta guerra' que tanto nos han costado como país (83 líderes y lideresas asesinados en Colombia en 2021 hasta hoy), las caídas infantiles mías, de mis hermanas, las de mi hijo (y las cirugías por las que hemos pasado las 4); la gota que sale del dedo producto de una hoja afilada que nunca logro ver venir.

Y me gustó ver esta imagen como una metáfora de la vulnerabilidad que implica este verbo. Abrir el corazón. Sentir los latidos. Dejar correr los torrentes de afecto, de miedo, de risa, la adrenalina. Sangrar. Poner la sangre en tierra. Amar y dejarse amar.

Plot twist: Ojalá que este verbo hoy en Colombia nos fuera tanto menos costoso. Ojalá que la sangre que corre en nuestra amada y hermosa tierra pudiera ser de esperanza y renovación, de respeto y amor por la vida, que fuera la sangre sembrada de miles de mujeres que celebran el futuro propio y el de sus seres queridos. 

Hoy, tristemente, esa sangre incluye la de Derly Pastrana, lideresa del departamento del Huila, con quien tuve el gusto de compartir y que ya no está más con nosotros en la vida. Deja un legado bello de reivindicación y reconciliación. Que su sangre y la de todas las personas que han muerto por la paz, empiecen por fin a abrirnos un camino de esperanza que nos ayude a superar esta soledad.  

Así que hoy mi vulnerabilidad por ella, por Junior Jein, por Karen Sullay, por  por todas esas voces que no van a cantar hoy más, pero que siembro en mi corazón para nunca olvidarlas y para mantener abierto, más que nunca, el corazón.

As-Salaam-Alaikum 

viernes, 12 de marzo de 2021

Diana escribe: El Príncipe

No, si te contara, Ana. Es una historia de esas que parecían de amor. El tiempo va haciendo lo suyo, ya ves, y te das cuenta de que era más encantamiento que otra cosa. Debe ser por eso que en los cuentos los príncipes y las princesas están encantados.

Nos conocimos en una playa, lejos de acá, de esas que pocas veces se pueden visitar. Un romance de esos que ni para qué detallar: cartas interoceánicas, encuentros furtivos en el caribe, deseo a flor de piel muchas noches y tardes y días. ¡Cómo no iba a pensar que estaba enamorada! 

El chico era un príncipe, de hecho así le puse: Príncipe: bien puesto, con mil promesas en los bolsillos que no dudaba en repartir a diestra y siniestra. Serio, intelectual. Un sueño para mí, te imaginarás. De esas personas que van enrostrando su altura moral y buen comportamiento con todo el que les da la oportunidad. Me convenció, mal haría en decir que no. Duró un rato el romance, de verdad creí que había una historia allí.

Ya sabrás que esas cosas son insostenibles, sobre todo sin compartir la cotidianidad, no llegas a conocer al otro de verdad, te haces imágenes y poco más. El príncipe vivía al otro lado del mar. ¿Te das cuenta cómo esta historia toda parece hecha del material de la fantasía? Nos dejamos por cuenta de la distancia y del vacío que yo sentía en ese momento, fue cuando la niña se quiso morir ¿te acuerdas? Muy difícil momento, no tenía yo ojos para mucho más que eso. Y ahí fue que el príncipe empezó a aparecer de verdad: tres vueltas a la manzana y no lo volví a ver. El estaré aquí para ti por siempre duró menos de tres meses.

Intenté ¿sabes? Yo estaba muy encantada con el príncipe. Intenté buscarle muchas veces, invitarle a que viniera a mi lado, a que pudiéramos hacer realidad todas esas promesas que habíamos hecho. Ya me conoces, Ana, una vez que pongo el foco en un amor, me va la vida en ello. Años pasaron así, no te negaré que ríos de alcohol corrieron por mis venas en la búsqueda de olvidar. Un tiempo oscuro, no te mentiré, roto el corazón en pedacitos, por fortuna, ya sabes lo que pienso de estas cosas: la luz entra por las fisuras, qué le vamos a hacer.

Y también estuvo mi antigua manía de hacer que las cosas sean siempre cordiales... lo sé, lo sé, es un defecto de carácter, pero qué te voy a decir, Ana. Pensé que podríamos seguir compartiendo facetas y que desde la amistad algo de ese amor podía vivir. En verdad lo creí, creí que había lugar en el corazón del príncipe para mí.

Pero ya ves cómo poco a poco la realidad va tomando su propio peso y el cielo obliga a sanar. Una noche en que se pasó de tragos pude ver que ya ni se acordaba de mí! Y no me refiero a un pequeño olvido, sino al olvido total: Cuatro años borrados de un brochazo. Cuatro años en los que yo había estado escribiendo cartas, llamando, contando historias. Hasta hicimos el amor alguna vez en que coincidimos! Pero para él el tiempo se había detenido mucho antes y desde un día, un momento, nunca más me volvió a ver. Sostuvo mi mano sin saber que era yo, me escribió cartas pensando que yo era aquella que había sido tanto tiempo atrás. Me besó los labios y el cuerpo, pero no supo que yo estaba allí.

Fue ahí que entendí que lo que había pasado es que hacía mucho que no me veía, que había estado conviviendo con un fantasma. Todas mis preguntas tuvieron respuesta de una sola vez: ¿Cómo puedes respetar, querer, acompañar a alguien a quien no ves? No se puede, es lo natural...No se puede querer a alguien que no existe para uno.

El príncipe... Hay que tener cuidado con las palabras con las que uno nombra las cosas. Yo le puse un nombre de fantasía y eso fue lo que fue en mi vida.

Luego de ese día de tragos dejé de verlo y de hablarle. Fue como si el telón cayera de un momento a otro en una obra que hacía mucho que había debido terminar. Estaba yo ahí, sola, en medio del escenario, apenas consciente de que hacía mucho tiempo la función había acabado. Pasé varios días de fiebres y dolores en todo el cuerpo, me tomó un rato darme cuenta de lo que me estaba pasando: estaba liberando el gramo de fantasma que por capricho había conservado en el cuerpo. Porque tú lo sabes, Ana, ninguna de estas cosas las hace una por obligación, todas son voluntarias.

El príncipe... Todo este tiempo me tomó darme cuenta de que yo nunca fui una princesa.

lunes, 15 de febrero de 2021

Journeys end in lover’s meeting

Esta mañana me desperté con esta idea en la mente. Lo vi en una película de 'terror' hace poco y recordé que es de Noche de Epifanía, de Shakespeare. Qué frase tan linda y tan romántica.

Si nos quejamos de Disney hoy y de cómo nos jodió un poco la vida con las ideas que nos planteó, yo me iría mejor a Shakespeare, que tatuó este final maravilloso y sublime para cada historia de amor en nuestra psique. Ese momento del amor eterno, del amor que supera todas las pruebas para llegar al descanso de la persona amada, de ese que encuentra allí un claro despejado y donde los amantes 'fueron felices para siempre'. El viaje termina en ese encuentro. O ese final dramático y absolutamente precioso, igualmente eterno, que es la muerte, como Romeo y Julieta. Juntos para siempre en el 'cielo', con el total sacrificio del ser, porque es la única forma de probar que se ama. 




 

Qué expectativas tan poderosas que han puesto estas historias en nuestro ser. Qué rutas pacíficas que nos invitó a encontrarnos. El ‘premio’ al final de un gran esfuerzo: el amor.

 

Pero no ocurre así la vida la mayoría de las veces, o al menos no en apariencia. Salimos con esta esperanza y encontramos en el amor algo efímero, intrínsecamente frágil, que se rompe y con él a nosotros. Y viene el desencanto y el enojo. Viene la distancia y toda la larga lista de lo que se debe hacer cuando el amor 'no funciona', cuando acaba.

 

No nos dijeron, o no nos dimos cuenta, de que el amor, para mostrarnos sus colores, sus frutos, sus sabores, requiere tiempo. Al menos esto es lo que mis cortos años de vida me van mostrando. No era la promesa del fin del viaje que nos habían dicho, al menos no como nos la contaron... Nos hablaron de EL AMOR en torno a las relaciones de pareja y obviamos los otros muchos amores que nos atraviesan en la vida y nos van dando pistas sobre de qué se trata esto. Nos dejamos llevar por lo cotidiano de una mamá llevando a término un embarazo (fácil o difícil), de las manos de una familia que se unen al preparar de comer, de los esfuerzos para llegar a tiempo a compromisos. La presencia en las charlas con las amistades, ver amanecer, o anochecer o crecer una planta. El amor tenía tantas formas, era tan sublime, que necesitábamos de historias que lo hicieran más espectacular para poderlo notar.

 

Habitar esta vida, esta locura maravillosa, es un viaje, lleno de detalles con los que podríamos llenar diarios y diarios de historias: ‘Querido diario, esta mañana fui a recoger un paquete a la portería y al regreso había una familia jugando con burbujas en su jardín. Me tomó tan por sorpresa, que me quedé sin aire de la alegría y luego empecé a reír’.

 

Y, sin duda, el encuentro con alguien que nos sorprende, que nos saca de la ruta que llevábamos, que nos pregunta cosas nuevas, es el final de un trayecto. Pero no es EL FINAL del viaje (bueno, puede que sí, pero hasta ahora no, porque estoy escribiendo esto…), sino una invitación a continuar, a emprender nuevas aventuras, esta vez en la compañía de alguien, que nos dinamiza ese viaje, con quien podemos compartir y sentir la conexión profunda de corazón a corazón, manteniendo los retos propios del camino individual, como si fuéramos dos hermosas líneas brillantes y paralelas, que suben y bajan y danzan y que siguen siendo cada una. Y que como un científico que observa, transforma lo observado y se transforma al observar. Journeys end in lover's meeting.

 

La paradoja con mi crítica inicial, es que también siento que Shakespeare tenía razón. Sus historias eran metáforas. En el amor se muere y para que sea, sí requiere de nosotros la absoluta entrega de quienes somos y la certeza de que vamos a morir allí, nunca vamos a salir iguales, porque de salir así, no amamos, no nos dejamos conmover, nos mantuvimos cerrados y esa magia maravillosa del amor no pudo ocurrir. No estuvimos. La presencia conlleva ya ese cambio, que es inmanente a la vida.

 

Y los viajes sí terminan en el encuentro de los amantes. Los caminos que andamos sí nos llevan a esos encuentros inevitables que el destino nos tenía marcados para nuestra felicidad, nuestro dolor, nuestro asombro y nuestra transformación, nuestra dicha de vivir, completamente en el amor. 

 

Sólo que este amor no era ese remanso de descanso apacible que decían que era, porque la vida no es así. Sino un nuevo viaje maravilloso, que nos implica cumbres y valles y dulzura y también rudeza al mostrarnos nuestras profundidades más inquietantes. Llama más que nunca a nuestro viajero interno, al loco que imprime inocencia y desprevención para vernos nuevos y ver a la otra persona nueva, de manera permanente, en cada paso que siempre, siempre es diferente, aunque parezca igual.

 

Hoy se me ocurre que tal vez de allí viene el dicho de que ‘el amor es para valientes’. No porque haya que superar mil pruebas para llegar a ese encuentro (es posible que esas pruebas tuvieran todo o nada que ver con el 'llegar'), sino porque una vez iniciada la aventura, quedarse puede ser mucho más retador que irse. Abrir la coraza, ser vulnerables y dejarnos ver, puede ser el miedo más grande que enfrentemos cada vez, ese monstruo debajo de la cama o entre el armario que nos va a pedir nuestro mayor brillo, todo nuestro coraje. Sé que para mí, ha sido así. Y cada amor de mi vida, tanto románticos como no, han requerido de mí que me quite una capa más, que abra un pedacito más de la fortaleza, que deje salir una parte pequeña de la bola rosada, esponjosa y frágil que es mi corazón. Miedo no es palabra para lo que eso me produce... y a la vez, está el vértigo y la certeza de querer vivirlo. Pero voy aprendiendo a dejar fuera cada vez más los trozos de corazón que el amor me va sacando con risas y llanto y viajes y aventuras.

 

Los regalos que surjan de allí, de la entrega, como la vida misma, son inciertos. Es imposible saber qué es lo que vamos a encontrar y allí justo está lo emocionante! ¿Tal vez una nueva forma de ser libres? ¿Una nueva persona y forma de ser que no conocíamos? ¿Sacrificios, confianza, aceptación que no sabíamos que podíamos tener? ¿Disciplina y perseverancia? ¿Dulzura, placer, calma nunca antes experimentadas? Caray, el universo tiene tantas formas de ser, infinitas maneras de expresarse. Yo por lo pronto sé que soy otra, o tal vez más yo, luego de cada amor. De todos los amores.

 

Los viajes no terminan en el encuentro de los amantes, si no queremos que sea así. Más bien, si es nuestra elección y ponemos nuestra disposición, pueden ser un nuevo gran inicio <3 Sé que para mí ha sido así y ese estadio ha durado lo que ha tenido que durar. Igual que con el resto de la vida, quién nos quita lo bailado! Gracias por la transformación que este camino ha traído <3 




P.D: Querida vida, gracias por ser y por darme el regalo de esta existencia. Hoy particularmente lo celebro con el corazón abierto y la vulnerabilidad que conlleva esto de habitar, de ser. Aquí estoy! :) Y gracias Elizabeth Gilbert por volverse uno de esos nuevos amores, que aunque a kilómetros de distancia, me hizo el día hoy con su invitación a montarse en este viaje! <3 

viernes, 2 de octubre de 2020

Los imprescindibles

 Hace casi 7 años murió mi querido amigo Abelardo Hernández Millán. Nunca me di tiempo de escribir sobre esta persona, pese a que le he echado de menos y su memoria me acompaña con frecuencia en diversas situaciones. Como diría Drexler, más vale tarde que jamás, sin importar la estrella en la que estés, escribo esto para agradecerte. Viva octubre de gratitud!

Abelardo. Mucho hay que decir de alguien como él...: que hizo parte del germen que hizo posible el Colegio de la Frontera Sur; que luchó por lograr la protección ambiental de la Selva Lacandona en Chiapas; que fue la mano derecha de monseñor Samuel Ruiz en los diálogos del EZLN en los 90; que ganó premios de cuento y que se lo recuerda en diversos escenarios en el centro y al sur de México. Que nunca abandonó las causas por los más vulnerables, que tenía palabras dulces y divertidas que dejó al mundo en sus cuentos y su poesía.

Yo fui su atenta estudiante. Me lo encontré como regalo de la vida en segundo semestre de maestría, cuando estaba muy extraviada con mi tesis. Él, con su amor, paciencia y apertura, me puso de nuevo en la ruta. Con un té y su bella biblioteca, me ayudó a levantarme de esas roturas de corazón que a veces ocurren en los espacios académicos. Aún conservo los libros que me regaló en ese primer encuentro.

Tuve la suerte de contar con su compañía hasta el final de ese camino. Pasé tardes escuchándolo en su café favorito del centro de Toluca, en donde conoció a 'mi linda familia' (sus palabras). Me leyó cada vez que lo necesité, con comentarios y aportes siempre pertinentes (y cuando no, bellos); y como sinodal al final. También lo escuché recitar sus hermosas poesías, las propias y aquellas que acudían como mariposas a sus labios de manera inesperada. Hoy lo recuerdo especialmente, porque le regaló, sin conocerla, su libro sobre el 2 de octubre a mi hermana menor, con el mismo amor con el que se relacionaba con la vida. Me contó en alguna ocasión que le tomó años volver a salir de casa en esta efeméride, que la escritura le salvó del horror, del dolor de haber estado presente, de haber vivido ese momento. Es el precio que grandes como él a veces pagan por haber estado donde había que estar en cada momento de su historia.

Abelardo hizo posible que yo me animara a conocer Chiapas, que viajara a los caracoles y pudiera ver uno de esos otros mundos que son posibles y que están pasando ya, hoy, en la humanidad. Era una persona de esas cuyo corazón nunca se rinde, de imaginación activa, propositiva, con su maleta lista para seguir andando, para seguir caminando, para seguir construyendo.

Tengo en mi memoria, muy nítido, el último recuerdo que compartimos, cuando aún estaba con nosotros: al terminar mi examen de titulación en la maestría, conversamos un poco y le regalé un café. Se notaba ya en su figura la cuenta que pasa el luchar contra la enfermedad por un largo tiempo. Me agradeció con afecto, un abrazo, y al partir levantó la bolsa y me dijo: me lo voy a tomar en tu honor.

Dibujo cortesía de Isidro Pontón Romero. 2013. Día del examen de titulación.

Querido Abelardo, gracias por conectarnos con la vida, con la dulzura, con la sensibilidad. Gracias por ser de esos imprescindibles de los que hablaba Bertolt Brecht. Apuestas tan bellas como la tuya, siempre en las causas más lindas, son las que este planeta necesita más. La creación de nuevos mundos desde el arte, desde el afecto, desde la fe en que podemos ser mejores, que podemos tratarnos al lado.

Gracias por estar tan bellamente en mi memoria, por servirme de excusa para recordar las causas justas, los sueños, la fe. Dios me bendijo con tu amistad, y en eterna gratitud, la voy a atesorar por siempre.

Todos somos semilla.

Un cuento corto de Abelardo, para recordarlo en su voz:

En la selva

Esa noche, el grupo de turistas rodeaba la fogata junto con algunos indios lacandones que los habían guiado en el recorrido vespertino. Las brasas crepitaban entre el prolongado silencio. Presidía la reunión el más viejo de la tribu. De pronto un lacandón joven se puso de pie y, con el entrecejo fruncido, dirigió su mirada hacia un horizonte invisible y olfateó con avidez entre aromas de humo y carne asada. “Ahorita vengo”, dijo. Extrañado, alguien del grupo preguntó al viejo lacandón de qué se trataba. Luego de un instante respondió: “escuchó el trote de un pequeño venado y salió a cazarlo”. Algunos integrantes del tour se asombraron con la respuesta; otros la tomaron con recelo. Todos quedaron estupefactos cuando, al cabo de un rato, el joven cazador regresó con un venadito cargado sobre sus hombros y lleno de flechas clavadas en el cuerpo. No sabiendo cómo retribuir la consumación de tal hazaña, los viajeros se apresuraron a reunir más dinero en agradecimiento por la gran lección de Historia ahí manifestada. “Es como si nos hubiéramos trasladado a la época en la cual la caza era tarea principal de sobrevivencia”, exclamó uno de ellos; “nadie me va a creer cuando platique lo que hoy aquí hemos presenciado”, dijo otro. Luego se retiraron a dormir entre comentarios de entusiasmo suscitados por el gran acontecimiento. No escucharon cuando, satisfecho, el lacandón viejo dijo al joven en voz baja: “lleva otra vez el cervatillo al escondite secreto, arregla las flechas de nuevo y no se te olvide ponerle más hielo para conservarlo en buen estado”.

A.H.M. Que en paz descanses, querido. 

martes, 30 de junio de 2020

Al lado

La semana pasada fue una dolorosa para Colombia. Supimos que nuestro director de cine emblemático, aparentemente cometió actos de acoso y abuso sexual en contra de una serie de mujeres que se animaron a contar su historia, con el ánimo de incentivar un alto en este tipo de prácticas, por parte de Ciro y también en el medio audiovisual en general. Y además, como si esto ya no fuera suficiente, una niña indígena fue violada por siete militares. Yo sentí profundamente estas noticias, de muchas maneras, y tuve la ocasión de conversar con varios varones y algunas mujeres sobre el tema y sus percepciones al respecto. No es un tema fácil, siempre he pensado que en estas discusiones sobre la violencia de género, es donde más claramente ponemos el pellejo en el asador, es donde se juegan nuestro miedos y vacíos y violencias más profundas.

Una de las conversaciones que tuve y la que más ruido me hizo, fue con una persona que me comentó que debíamos dejar de lado la discusión sobre las diferencias de género y de las afectaciones que eso tiene en nuestras vidas humanas. Que no podíamos hablar de los hombres como todos unos infelices y que no se podía cobrar esta violencia estructural de manera individual a cada uno de ellos. Y estoy de acuerdo, hasta cierto punto. Sin embargo, le comenté en ese momento que el negar la realidad de la desigualdad y la violencia que existe hoy en día entre hombres y mujeres, resulta una revictimización en muchos sentidos y no contribuye a que generemos estrategias de cambio. Pero también y más claramente, me dolió a mí, a Diana y a todas las mujeres que traigo en mí.

Este hombre me comentaba sobre su molestia frente a lo que hemos llamado radicalización de algunos colectivos femeninos, en los que se señala a los varones como un todo en un sentido violento, que se les cataloga como violadores, violentos, abusivos, de manera general. Estas expresiones hacen parte del profundo enojo que tenemos las mujeres frente a siglos de patriarcado que hoy por fortuna, pese a que persiste esa violencia, podemos empezar a expresar, que no es poco. Sin embargo, entiendo la molestia, lo he conversado con otros amigos y siento la misma angustia, y queridos, no se me olvida la reflexión y la auto observación en ese sentido.

Pero mi pregunta para esta persona, para este hombre, que es además una de las personas que más he querido y respetado en mi vida, era si no vendría mejor preguntarnos por qué estamos tan bravas. De dónde viene semejante nivel de enojo, de rabia, que tenemos que llevarlo a las calles, a las paredes, a los monumentos, a las arengas y los bailes. Por qué mujeres por todo el mundo tienen tanta rabia, si los hombre no son todos unos h.... de ... ???

Y desde ahí, le planteé una cosa que vengo tratando, con dificultad, de poner en práctica en mi vida, sobre la importancia de generar estas conversaciones sobre la violencia de género y sobre nuestras diferencias en general (que son reales, para mí) al lado, y no al frente. Hace algunos años estuve tan enojada como muchas de las mujeres sobre las que cuento acá. Y se la cobré a los hombres que hubo en mi vida en ese momento, empezando por mi papá, por supuesto, pero pasando por amigos y por mi pareja y todo el que pude. Necesité ese enojo, me vino bien, me permitió transitar momentos dolorosos. Yo he vivido en carne propia este maltrato, la violencia y las huellas que deja. En mi mente pensaba al hablar con esta persona: 'Si tú supieras... si supieras de dónde viene este enojo...'. Pero tal vez no lo sabe, tal vez la mayoría de hombres no lo saben, porque están cegados en sus pequeños privilegios, ciegos al dolor de las mujeres y ciegos a su propio dolor, porque este sistema nos cobra muy caro a todos. También tenemos nuestras cegueras nosotras.

Tal vez vendría bien contar, y no como una víctima, que no soy, sino como alguien que las ha experimentado, que estas violencias dejan huellas en nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestras mentes y que el proceso de recuperarnos de eso, es largo y retador. Y no siempre tenemos las herramientas para hacerlo, entonces con frecuencia nos sentimos perdidas, culpables, confundidas. Hablar de ello ayudaría, pero cuando se hace, nos encontramos a la familia, los amigos, el Estado y la sociedad en general, dudando de creernos (o negando, de plano) que cosas tan dolorosas puedan pasar. Y no nos dejan hablar. Porque además de horrible, esto es profundamente doloroso, tanto, que preferimos decir que es mentira para no tener que lidiar con ello como sociedad, para no admitir que tenemos un problema allí. Mejor hablar de manzanas podridas, mejor de hablar de 'casos aislados'. Aún con eso, muchas tomamos la decisión de recuperarnos a nuestra manera y lo mejor que podemos. Yo no creo que ello dependa de quien agrede, sino que uno puede elegir su camino y hacer lo que sea necesario por amor a uno mismo, y dejar al otro con sus temas por resolver para que se haga cargo de ellos. Creo, con muchas mujeres, que está en nuestra potestad y es nuestro derecho ir más allá del abuso como definitorio de nuestras vidas. Y, con todo eso, no sería más lindo, más dulce para la sociedad, que en lugar de hacer mujeres fuertes a punta de recuperarse de heridas, hiciéramos mujeres fuertes porque tenemos niñas amadas, dignificadas, protegidas?

No sería mejor que en lugar de discutir cadenas perpetuas y castraciones químicas (tamaña ridiculez), habláramos de hombres amados, dignificados, reconocidos desde su infancia?

Todo esto lo digo al lado, de la mano o en un abrazo, hablando con esa persona que tanto me importa y a quien tanto respeto. Porque me importa y le respeto, porque no quiero hacer un señalamiento agresivo, aunque a veces eso también sea necesario y válido, a veces los límites hay que marcarlos con un grito. Lo digo al lado de una sociedad a la que le cuesta verse a la cara de verdad, que vivimos inventando mentiras y orgullos falsos para no hundirnos en la miseria ética en la que ya vivimos. Hay que vernos al espejo, de otro modo, esto nunca va a cambiar. Hemos avanzado mucho, pero aún falta mucho y lo que falta, existe hoy en personas que sufren, en más niñas que van a tener (o no) que recuperarse de esas heridas.

Yo no creo que haya una solución única para esto. Creo que necesitamos ver la forma como este sistema nos rompe a todos, hombres y mujeres, y la forma como de allí, de ese dolor intenso, surge la fuerza para que atrocidades como el desborde de violencia contra la niña indígena ocurran. Esto no puede hacerlo sino un ser profundamente roto y pensar en eso, también es difícil. Es algo atroz, que viene de personas que seguramente han vivido cosas atroces, y una sociedad demasiado ocupada en olvidarse de sus dolores como para prestar atención, para cuidar, para proteger. 

No creo que Ciro deba ser apedreado en el paredón, pero tampoco creo que podamos negar esto y seguir como si nada; y creo válido generar conversaciones en doble vía sobre el tema, en el que los varones puedan reconocer esas violencias, que les están muchas veces integradas, como algo incómodo, doloroso, vomitivo para nosotras. Creo que saldríamos mejor de allí que de un señalamiento unidireccional, con más aprendizajes y con el mismo nivel de rechazo que hoy produce el que esto ocurra. No es una persona, es un modo de funcionar. Hace poco tiempo me enteré de que un amigo muy querido mío tuvo comportamientos de este tipo con una de mis personas más queridas en el mundo y en mis narices. Le tomó años contarme. Y me dolió muchísimo el enterarme y no haberla protegido y también me dolió mucho el desterrar a esa persona de mi vida, al no tener forma de generar una conversación constructiva. 

Y también he visto a hombres poner la cara y asumirse y verse al espejo y encontrar al monstruo y conversar con él. Sé que nace del dolor, porque he visto muy de cerca ese proceso. Sé que el amor puede sanar estas heridas, pero primero hay que verlas, abordarlas, llorarlas. Puede ser más de una cosa, puede no ser en blanco y negro: es posible generar rechazo y a la vez reconocer que nos duele que esto ocurra con personas que queremos, con varones a quienes admiramos, a quienes amamos, en quienes confiábamos y en quienes podemos volver a confiar. 

Para terminar, me gustaría decir que detrás de mi 'Si tú supieras...', hay un gran 'si nosotras supiéramos...' que no nos han contado.... es uno de los grandes colaterales del funcionamiento de este sistema, porque les cuesta mucho verse a los chicos y a nosotras estar dispuestas a escuchar. Sabemos poco de su dolor, de la forma como han pasado por este planeta y no me parece poco importante este vacío. Hay muchos que ya están procurando hacer el ejercicio, poco a poco. Gracias por ser tan valientes.

En últimas, sí se trata de humanos hablando con humanos, de historias parecidas y también diferentes. Mi invitación es a que nos importe, que esto sea menos de tener la razón, de quién grita más duro, y más de sanar como humanidad. Sé que no podemos culparnos por el pecado de Adán, pero sí podemos responder por ello hoy, como respondemos por las embarradas de los bancos y por el calentamiento global: somos los hijos que se hacen cargo del mundo que les dejaron sus padres. Podemos hacerlo más amoroso, que la conversación sea al lado, juntos. Para mí, allí está la respuesta. 

PD: Sigan quemando las calles chicas, y los monumentos y las banderas. En ese enojo también hay poder. Para que algún día podamos sentarnos de verdad a hablar de corazón a corazón.

miércoles, 8 de enero de 2020

El corazón abierto


Mi personaje favorito de toda la vida ha sido Sailor Moon🌙. Me he visto un par de veces la serie completa y más de tres la última temporada, que es mi favorita. Mi relación con la serie ha tenido amores y disgustos, me he identificado más o menos con diferentes personajes, pero siempre termino concluyendo que el más lindo de todos es Usagi (Sailor Moon) y ahora últimamente con más fuerza. Pienso que hubo razones de peso para que ese fuera mi punto de admiración.

Ahora que estoy más grande y que sigo sintiendo esa conexión con los contenidos que plantea la serie, me parece lindo reflexionar y también sentir por qué permanece eso allí y qué tiene para enseñarme cada vez que vuelvo a verla. 

Y hoy, que siento mucho dolor en mi corazón debido a unas decisiones que tuve que tomar, creo que es porque Sailor Moon se trata fundamentalmente del amor. De todo el amor. Usagi es el personaje que es, porque es un personaje que siempre parte de allí. Es una chica torpe, perezosa, desconcentrada, desaplicada en el estudio, un poco quejetas... pero al final del día siempre confía en ella misma y confía, sobre todas las cosas, en el amor de su corazón. Sabe que ese es su centro de poder, el lugar desde el que puede aceptar a las demás personas: tanto a sus personas queridas, como a sus enemigos y aquellas que fluctúan a lo largo de las historias. 

Y nunca lo piensa, simplemente ella es así. Usagi nos presenta un ser que no funciona desde la racionalidad, sino desde la emoción, desde el afecto, de la manera más honesta posible. Sabe que es vulnerable y permite que le cuiden y también sabe que es fuerte, pero no para impedir que las cosas le ocurran, no desde el bloqueo, la frialdad o el muro, sino para permitir que la habiten y, desde ese amor, transformarlas.

Mi temporada favorita es la última por dos razones grandes: la primera es porque aparece uno de mis amores infinitos: Seiya - Sailor Star Fighter, quien nos permite ver más claramente quién es Usagi. Comparte con ella desde la amistad y le regala el también descubrirse sin estar en pareja, sin Mamoru - Tuxedo Mask, quien está ausente prácticamente todo el tiempo. Esa amistad le muestra a Usagi que puede seguir siendo el ser de amor que es y retarse en muchos sentidos sin tener al chico al lado. Por supuesto Seiya termina perdidamente enamorado de Usagi, no había posibilidad de que no fuera así, es demasiado linda... Pero incluso en la falta de correspondencia del sentimiento en que acaba la historia, es dulce el intercambio y ella lo siente profundamente.



La otra razón, es por el villano al que se enfrentan: el caos. El caos que ha tomado posesión de la guerrera más poderosa del universo, quien en un acto de profunda ingenuidad creyó que podría contenerlo ella sola en su cuerpo. Sailor Galaxia le ocasiona muchos dolores a las chicas durante algunos episodios hasta que se enfrenta con Usagi, quien tiene la instrucción de acabar con la vida de la guerrera para poder evitar que el caos siga haciendo de las suyas. Pero... ella no hace caso a lo que le es dicho, sino que lleva la reflexión más allá y abre completamente el corazón para poder llegar al de Galaxia, dolor incluido y todo. Y la alcanza 💕 🌟.

El final es así como para enmarcar en un pedestal de la inteligencia emocional: Galaxia le pregunta y ahora qué van a hacer con el caos... a lo que Usagi responde con total tranquilidad: 'Lo enviamos a donde pertenece: a los corazones de las personas en todo el universo, donde también alumbra la luz de la esperanza💕'. Y, al tiempo, Galaxia se encarga de reparar el daño que ha hecho por años en todas partes. No hay miedo en volver a empezar, ni juicios.


Cuando escribo esto, me vuelve a parecer increíble cómo un mensaje tan poderoso se puede dar de forma tan sencilla. Es el amor. Ya está. La respuesta a todo, al dolor, a la confusión, a la sensación de separación... es el amor. Es mantener abierto el corazón. Pensé por unos días que el corazón de Usagi era tan fuerte que nada podía dañarlo, pero ahora me doy cuenta de que la fortaleza y la razón por la que nada puede con ella es porque es vulnerable, porque se permite que le afecten las cosas, que le duelan, deja que esa experiencia externa la atraviese y la transforme (por eso siempre está cambiando de cetro y de poder).

Siento que quiero que mi camino vaya por allí. Abrir el corazón y mantenerlo así, fluir, sentir, ser vulnerable. Amar, doler, sentir la alegría y el miedo. Muy posiblemente desde allí la experiencia sea distinta, más amplia, más plena, más presente. Es retador en este mundo que nos enseña que la fortaleza es rigidez y cierre, eso fue lo que yo aprendí desde siempre. Pero tal vez sea lindo darnos la oportunidad de verlo diferente, de sentirlo diferente, de poner un poco de perspectiva.

Esa es mi reflexión y gratitud con mi amada serie. Estos dolores es importante permitirlos para que nos transformen y nos den un nuevo súper poder. Gracias hoy por el dolor que siento, porque además creo que es de los más dulces que he sentido en toda mi vida y sé que me está transformando. Gracias por el amor, por que es siempre la respuesta a todo. Gracias porque la divinidad tiene infinitos lenguajes que usa para hacernos saber sus mensajes <3

y... como dirían en mi otra serie súper favorita... love, like art, must always be free <3