Mi abuelito Arcángel
Hace un par de días murió mi abuelito. Era una presencia tan contundente en mi vida que aún no logro llegar al ritmo de la realidad. He buscado estas fotos que comparto acá y, haciendo la selección, he podido apreciar su presencia tranquila, llena de risa y jocosidad con la que llenó mil momentos desde que tengo memoria. Hoy pienso que me gusta describir a las personas a través de metáforas. Una persona puede ser un oso, otra un tejón por ratos, otra inspirar la sensación de ciertas flores. Siento que de esa forma podemos acercanos más a su esencia que a lo que se podría decir de sus acciones o logros para definir quién es.
Mi abuelo, para mí, era un océano. No recuerdo el momento en que lo conocí, o la primera vez que vi a Arcángel, simplemente nací en su mundo. Seguro que fueron de las primeras manos que me sostuvieron, que su presencia constante le dio piso a mi mundo y al de mis papás y mis hermanas, que el respeto callado pero firme que todos me enseñaron a sentir por él sostuvo los vínculos que nos hicieron una familia; y su amor por todos nosotros inspiró cualquier afecto que podamos profesarnos hoy. Era esa sustancia acuática que habita nuestra sangre y el aire común que respiramos.
Explorando esto del amor que sigue en la ausencia, voy aprendiendo los pliegues de lo que fue esa presencia. Me va quedando su ejemplo de justicia, sus enseñanzas intelectuales y prácticas sobre vivir en servicio y amar a la familia. Alguien muy querido me dijo ese día: 'Ahora tienes otro guía' y siento que es verdad. Mi abuelo, el sol en Piscis, el patriarca silencioso, el liberal, el de todos los colores, de los mil viajes, el de las nueve vidas gastadas hasta el final. Lleno de imágenes luminosas, gozosas, como ir cada sábado con él al parque, confiar en su risa, en su entusiasmo por vernos y acompañarnos a jugar, en su complicidad a la hora de comprar el postre bajo la promesa de priorizar la sana alimentación.
La playa y la montaña rusa, habitadas con total vitalidad y presencia que ahora al final de mis 30 me parecen increíbles porque él ya era muy grande cuando seguía decidiendo respirar cada soplo de aire de su vida como si fuera el último, sin rendirse ni uno solo de sus días a la vejez o a la desidia.
También mil imágenes oscuras a través de pequeños momentos o largos relatos, que me completaron la imagen de lo que significa ser un humano. Que no basta con brillar y reír, sino también sentir y honrar los errores y el dolor que vivimos y que ocasionamos con lo que hacemos en otros. Mi abuelo es la imagen del perdón que el amor puede construir; y esa calma que da sabernos complejos, es algo sobre lo que hoy descanso y construyo con menos pretenciosidad mi vida.
Y mi abuelo me dio el regalo de la mar abierta, de la magia de la vocación. Me enseñó a asumir la aventura, a amar mi país, a ver belleza en cada problema, en poner la disposición para construir un camino intermedio en medio de tantos absolutos con los que hemos tenido que lidiar. Me regaló perspectiva para ser una profesional que toma la vida y la paz como opción. Y ese mismo don lo dio a mi hijo, que nos acompaña desde el otro lado del Atlántico, y que ha visto en él siempre una fuente de inspiración y bondad.
Como ven, mi abuelo me regaló el mundo en el que he vivido y crecido. Ese océano enorme fue un lugar seguro en momentos de necesidad, fuente de risas hasta el último momento en que lo vi, inspiración sobre cómo vivir en gozo la vida, claridad sobre la importancia de permanecer humanos siempre, velas abiertas para navegar nuevos destinos. Hoy ese mundo llega a su final con su partida. Se siente como el final de una leyenda, de una vida llena de aventuras, tremendamente prolífica. Y siento una enorme tristeza al saber que no lo voy a volver a ver.
Sin embargo, permanecemos en aquellos que nos aman cuando ya no seguimos acá. Es por eso que, como un homenaje, comparto esta frase que me dijo hace años como un mantra guía para la vida: 'Yo no soy viejo, los viejos son los huesos'. Cuánta claridad. No somos el cuerpo y la juventud es un estado mental: reír y bailar y mostrarle a Dios que estamos agradecidos por este corto ratito acá.
Todos los seres mueren y finalmente te ha sucedido amado abuelito, lo que parecía imposible. Pero tú sí que supiste mostrarnos que, antes de que ese momento llegue, vamos a vivir.
Así que en tu memoria querido abuelito Mano, continuaré con la forma amorosa de estar acá que me enseñaste. Bailando, riendo, tomándome con alegría y buen humor la vida, recordando que es un juego y que se puede vivir bajo las propias reglas. Seguiré poniendo la voluntad al bien en mi servicio al mundo, siguiendo el ejemplo que con tanto ahínco nos enseñaste. Seguiré amando con brillo y orgullo a mi familia, que es posible gracias a ti, que le diste la vida a mi hermosa mamá. Y seguiré agradeciendo este mundo que creaste y contribuyendo a crear uno nuevo, lleno de colores, más grande que el que nos entregaste, como sé que te habría gustado.
Te amo abuelito. Decir adiós no es fácil, pero hoy te lo digo con alegría porque sé que donde vayas eso es lo que vas a llevar. Que tus nuevos lugares sean tan afortunados de vivir el océano que eres, como lo fuimos nosotras hasta hoy. Gracias por todo. Ve a hacer reír a las estrellas. Saludos a Poco-moco <3







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