jueves, 19 de diciembre de 2024

El libro de la gratitud, capítulo 15: Las tías

 Hace días no hacía un capítulo del libro de la gratitud, así que bienvenides de vuelta!

Ayer me sentí grande de verdad por primera vez. Se preguntarán si esto no debería haberme ocurrido hace algunos años, por ejemplo 17 y pico cuando me convertí en mamá, o cuando me fui a vivir a otro país con un crío de 3 años, o cuando me separé, o... en fin, debería una ser grande para este momento, verdad?

Pues no. Apenas ayer. Y fue cortesía de una cosa sencilla, como todos los momentos trascendentales de la vida, tejidos del más sutil e imperceptible hilo: me sentí hogar para mi sobrina. Vi a Mars, a Sally y a Margarita en total relajación bajo mis cuidados, con esa confianza que solamente depositas en tus mayores. Así supe que ya, que ahora sí soy grande.

Y ese momento tan bello y sutil, me ha llevado a pensar en una figura fundamental en mi vida como mujer, sin la cual la vida no habría tenido la mitad de inspiración y dulzura: mis tías <3

Hace años leí un libro precioso que recomiendo especialmente a mujeres cuando nos sentimos perdidas, que se llama 'En diciembre llegaban las brisas' de Marvel Moreno. Es una joya literaria e inspiracional en la cual ella habla muchísimo de las tías como anclas y ayer, siendo yo eso para mis pequeñas, me di cuenta de cuando mis tías lo han sido para mí.



Una estrella brilla especialmente por su cercanía, por su belleza, inteligencia y amor: mi tía Marlene, quien ostenta el poderoso título de 'Tía loca' y que ha estado en casi todas las etapas de mi vida. Durante mi infancia la tía fue un espacio de refugio para ir a pasar ratos en su casa, muy diferente de la mía; y de fantasía a través de sus cuentos preciosos y sus historias que no dejan de sorprenderme hasta hoy. Apenas hace un par de días conocí una inédita y sigo amando eso de ella. Mi tía era una mujer misteriosa y muy femenina, que me permitía peinarle el cabello largo y frondoso mientras esperaba al anhelado 'príncipe azul' hasta que estuvimos de acuerdo en decir que no existía y era mejor amar al hombre normal a su lado. Era una persona curiosa y abierta al mundo, que traía regalos de muñecos extraños que costaba un rato acoger, de diversos lugares por los que viajaba y desde donde le enviaba cartas a sus sobrinas amadas que la leerían días después en otro lugar a kilómetros de allí, pero tan cerca de su corazón como sus palabras. Es la mujer inteligente de interminables referencias literarias, personajes épicos y románticos, películas narradas con apasionamiento y la eterna rival de los crucigramas, que pocas veces le pude arrebatar :P Y es también la tía vulnerable de sus años y sus dolores, que sigue disponible para una charla profunda sobre temas terrenos y siderales. Es mi tía favorita, por mucho. 

Quiero que sepas que has sido una inspiración, sangre de mi sangre, que te quiero entrañablemente y que me siento profundamente agradecida porque seas mi tía. Que sepas todo lo que has traído a mi vida, como ese ser que no es la mamá, sino su alter ego que puede tener flexibilidades y alcances que el otro rol no permite. Eres mi tía, en todo el sentido de la palabra, uno de esos pilares femeninos que me han hecho el ser que soy.  

Hay otras tías, muy poderosas también, que me sirven como un libro de recetas o referencias a los que puedo acudir en caso de duda. La mayor de ellas, mi querida tía abuela Judith. Judith es un personaje de novela, si hubiese sido escrita en Bogotá a mediados del siglo XX y tuviese como protagonista a la persona más cachaca, simpática y bella disponible. Mi tía siempre condensó simpatía, pero de esa ácida bogotana, con un toque de sarcasmo calculado en cada frase que termina con una risa que hace imposible no contagiarse. Es la mujer de su tiempo que aprendió con mucho dolor a ser práctica y a saber cómo jugar con las condiciones que le fueron dadas, para su mayor provecho. Fuimos sus sobrinas-nietas un poco extraterrestres para su mundo, pero encontré en su casa una experiencia que tuvo una relevancia en mi infancia y que me dejó este sabor de cómo se siente la buena vida. Judith llega al final de su vida con la suavidad y fluidez de sus camisas de seda: bella, siempre; regia en el sentido de ese espíritu que le permanece sin importar los años; y jovial y afilada como en su juventud más potente. También quiero que sepas que tu presencia en mi vida ha sido contundente e inolvidable. Que eres ese referente de mujer poderosa, hábil e inteligente, en uso total de su energía femenina. Qué pedazo de mujer que has sido tía.

Y están las tías paternas. Ellas son varias, pero no tuve la suerte de vivirlas tanto a todas. Me quedan el regalo de dos: Marina y Lola. 

Marina es la imagen de la tía mayor en toda su fuerza. Es esa voz clara, sin tapujos, que pinta los límites donde los necesita y que esparce sus verdades sin recato. Es la niña que creció para construirse un mundo que le gustara y al cual poder invitar a sus personas amadas. En casa de la tía Marina pasé algunos de los pocos momentos felices con mis primos paternos en Bogotá, era ese tipo de lugar: un hogar de puertas abiertas, de bienvenida a quien lo necesitara y quisiera. Las conversaciones entre ella y mis padres han sido tanto remanso como lo fueron las muchas entre mi mamá y mi tía, que eran fuente de mágica relajación, una especie de somnífero a la manera de un cuento de hadas. Y mi tía Marina tiene otra cualidad que he admirado en la distancia y es su capacidad de gratitud inquebrantable. Parece un roble, pero está hecha de algodón y miel por dentro, un ser profundamente sensible y sentimental, disfrazado de humor negro, también muy fino. Gracias tía, gracias por ser la mujer que has sido, resiliente, valiente y profundamente amorosa.

Y la tía Lola. Es la única que ha partido de este pequeño homenaje que hago. Hace algunos años. No tuve ocasión de despedirme, la muerte no te deja decir adiós. Cuando supe de su partida fui a tomarme una cerveza en su honor, brindando con Sebastián en honor de tantas memorias compartidas con ella en mi infancia. La tía Lola era también como Marina un señorón contundente y decidido. Ahora que lo escribo, verlas me cuenta cómo era mi abuela antes de ser viejita. En casa de mi tía Lola tuve un lugar seguro en Garzón en las vacaciones que pasábamos allá con mi papá, y la mejor amiga de mis primas que además parecía mi clon, su hija María A. Era esa tía generosa totalmente, de las alacenas llenas y disponibles, de los paseos en la camioneta, de las pijamadas sin reglas, de las risas pasadas primero por seriedad para reafirmar que ella era la grande. Fui muy feliz bajo el cuidado de mi tía Lola. Con los años pude apreciar a la empresaria hábil que hizo una vida próspera, la profesional decidida que se hizo una carrera y un nombre en un pueblo donde todo el mundo tenía algo qué decir. Nos dejó muy pronto, muy joven. Te quiero tía, y mi gratitud va contigo donde sea que estés.

Hay otras mujeres que han sido mis tías o jugado de tías a lo largo de mi vida. Carmen, Marta, Victoria, Amparo, Patricia, Celia, las Lilianas, la propia Marvel a través de su libro y sus tías. Las tías son en últimas ese lugar en el que podemos vernos y mirar cómo será ser grandes, más allá de los ojos de nuestras mamás. Son ese complemento a la forma como aprendemos a ser mujeres adultas y a la vez ese lugar de cuidado al que podemos acudir por consejo o una sencilla conversación que aporte luz. 

Siento esta entrada del libro de la gratitud como un secreto que me susurra el universo con voz de mujer entrada en sus años: ten mujeres a quienes admirar. Ten referentes femeninos que te sirvan de guía y de apoyo. Construye ese libro de recetas al cual acudir cuando estés extraviada, que todas esas voces nutran esa voz interna que el tiempo va haciendo más clara.

Tías amadas: gracias. Gracias por hacer parte de mi libro de la gratitud, que no es otra cosa que el libro de la vida que me voy contando. Gracias por nutrirme de las formas en que pudieron, por ser referentes amorosos y sagaces y ácidos y vitales, como la energía shakti que a cabalidad han desplegado en sus existencias. 

Ojalá que yo pueda ser una tía para las generaciones por venir, como lo han sido ustedes para mí!
Las amo y están siempre en mi corazón <3

jueves, 10 de octubre de 2024

'La mar abierta' o de un final alternativo para un personaje amado

Escribí este final inspirada por una temporada cerca del amadísimo río de la Magdalena, desde donde escribo ahora mismo. Este río bello siempre me hace pensar en este libro, que es sin duda mi favorito en el mundo, porque se trata de un libro sobre el amor. Y el amor es todo lo que existe, en sus mil facetas, formas, colores, sabores, etc. Mi amado eterno de esta historia es el doctor Juvenal Urbino. Tengo un crush y una identificación con este personaje irremediables... siempre que propongo una amistad viene él a mi mente con su bella pregunta que replico en mis vínculos: ¿te gusta la música? Adoro su ñoñez, su buen gusto, su calma hasta para poner los cuernos, su fe en su patria, rota y en eterna negación de sí misma.

Y también... Florentino me parece un poema muy bello al amor, a esa otra posibilidad de ir más allá del vínculo de felices por siempre. A la picardía y la delicia de habitar muchos vínculos, que es real también y que nos permite conocernos en muchas caras de nosotros mismos. Florentino es una paradoja que adoro porque es mucho más libre que otros personajes del libro al no tener líos para andar con más de 600 mujeres a lo largo de su vida... y a la vez más preso que nadie, porque nunca deja de esperar a Fermina.

Y es a esa faceta patética, sobre la que he conversado mil veces con personas queridas, a la que dedico este cuento. De alguna manera inspirada por mi propio momento personal. Por cosas raras de la existencia, alguien terminó ubicándome en ese rol del Florentino que espera (con el dolor infinito de ubicar a su amor actual en el de mi amado doctor!!! jajajajaja) y, luego de que me diera piedra, me dio risa, porque en parte era verdad. Así que, para todos quienes alguna vez hemos estado en un lugar como el de Florentino, esta alternativa también es para ustedes <3

Poner a Florentino un final de un tipo relajado sé que es una blasfemia y que algunas de las personas que aman este libro tanto o más que yo, lo odiarán. Pero eso es lo lindo de ser fan y de imaginarse posibilidades distintas: el campo es de las posibilidades infinitas. Al fin y al cabo, también se habría podido suicidar 💁

Acá juego un poco con esa liviandad que se siente cuando de repente te das cuenta de que ya no piensas más en esa persona, que simplemente se ha ido y un día te levantas y notas el tiempo que llevas sin pensar en ella. Hoy eso me da esperanza sobre los amores que sí pueden terminar de integrarse, aunque por hoy no se logre, y disfrutar mucho enamorarse de la vida, del aire, de los amigos, de la gente que se cruza por el camino y de los claroscuros diarios de la existencia.

Escribo este final alternativo con todo el amor del mundo que siento por este personaje y por toda la historia que lo rodea. Gracias a Gabo por darme un relato que me gusta tanto como para ponerme en estas. No fue para el doctor, porque no hay un final más perfecto para él, caído al lado del palo de mango con su loro y viendo a los ojos a su mujer. Y aunque amo el 'toda la vida!', qué carajos, también podíamos dejar un ratito el drama y que amar fuera más grande que esperar, porque además sí es <3

Acá vamos...



Esa mañana Florentino Ariza se despertó sin compañía. Observó la llegada del día desde la comodidad de su cama y se levantó despacio. Sintió el aire salado de su habitación y lo amó.

Se asomó a su balcón, que le permitía ver el reloj de la ciudad y se llenó los ojos con el color azul del cielo despejado y los tejados bronceados. Tomó su jugo para la acidez mientras escuchaba el repicar de las campanas que llamaban a misa de 6. Agradeció a su servicio el que le tuvieran su traje acostumbrado listo y se bañó con calma en un agua de manzanilla que le habían recetado para los nervios.

                                    

Al salir de casa paseó por las calles empedradas de la ciudad. Aspiró el aroma de las magnolias que se topaba siempre en su camino. Observó a las personas atareadas en los balcones, en las calles, en los mercados, hasta que llegó a su oficina en la compañía fluvial.

Conversó con sus empleados y almorzó. Al terminar fue a reposar a la oficina que daba frente al mar. Echó de menos el aire corriendo con la velocidad del agua al navegar. Se sintió muy vivo y llenó de nuevo de aire sus pulmones.

Regresó a casa al final de la tarde, acompañado por la brisa que recorría las calles de su ciudad amada, cargando olores de mierda, de flores, de frutas, de personas hablando, andando, sudando todo el día. Y apreció el aroma de la vida, tan diverso.

                                  

Se sentó a cenar solo, con el libro que andaba leyendo por esos días como única compañía y al terminar no resistió la tentación de un café negro. Le sorprendió la sensación de impavidez que llegó al darse cuenta de que llevaba todo el día sin pensar en ella. Pero cerró los ojos y sin poder evitarlo volvió a su libro y en medio de la relajación del día se quedó dormido a medio vestir.

Se despertó de nuevo antes de que saliera el sol. Se removió y observó su cama deshecha por él mismo, allí donde también habían estado todas esas mujeres a quienes había amado y le habían amado a lo largo de los años. El amor, que había sido la verdadera naturaleza de su existencia, le cayó encima con la contundencia del primer rayo de sol.

Florentino era un hombre taciturno. Sus expresiones no sobrepasaban el asombro, rara vez llegaba a una sonrisa. Pero en ese momento, en ese día de la hora, rompió a reír sin parar. Fue una carcajada que le poseyó sin remedio y a la cual se abandonó sin condiciones, dejando que el contoneo de su abdomen y las lágrimas en sus ojos le mostraran una nueva forma de mirar.

Se desperezó divertido, con la picardía que tanto le había acompañado en su vida a flor de piel y esta vez no quiso ponerla sobre una mujer. Anheló el mar y se vio de 17 años otra vez, en ese barco en el que perdió su virginidad y en el cual volvió persiguiendo la ilusión de Fermina Daza, que había llegado por fin a su final. 

La amaba y sabía que siempre la iba a amar. Y la imaginó caminar de la mano de Juvenal Urbino, siempre tan brillante, y esa espina en la garganta y el estómago que lo había atormentado tanto a lo largo de los años, simplemente no estuvo más. 

Amó también a todas las otras que habían llenado sus días, sus tardes, sus noches; sus camas y su oficina con sus olores, besos y caricias. Agradeció saberse acompañado siempre. 

Y esta vez eligió la soledad, ese era un terreno sin explorar. Se sabía un romántico empedernido, eso nunca iba a cambiar, ni aunque él lo quisiera, que no. Pero aún quedaba mucha vida para andar y el mar era demasiado grande como para desaprovechar por alguien con tantos barcos como él. 

Tomó su sombrero, se quitó la chaqueta y eligió una guayabera fresca y con un par de libros de su mesa de noche se empacó a navegar. Había una nueva Ítaca por encontrar, no había prisa y la mar estaba abierta.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Cuento de eclipse: La princesa triste muere

Había una vez una niña. Linda como el atardecer. Dulce y buena, que amaba a su padre sobre todas las cosas y que odiaba a su madre y quería que no existiera.

Siempre vestía de azul. Azul brillante, con muchos destellos que cegaban a cualquiera que la mirara y que al verla solamente podían ver sus reflejos.

Esta princesa amaba el baile, el contacto, las drogas. Perderse en callejones sin salida, irse sin despedirse nunca de nadie. Comer las aceitunas de todos los cocteles que encontraba y vomitarlas al final de la noche para al otro día no sentir malestar. Por sobre todas las cosas no sentir malestar. 

La princesa azul, la princesa triste. 

Tenía un cabello largo y sedoso que cautivaba hasta al más incólume. Su voz era suave, envolvente, cuidadosa de no sonar muy alto y con un pequeño dejo de ronco que nunca se pudo quitar.

Esta princesa era el centro de su familia. Pese a que odiaba a su madre, ella y su padre vivían solamente para complacerla y no podían estar sin ver su reflejo en el brillo de su hija. Cuidaban cada paso que daba, su respiración, nunca la criticaban. Si la princesa tenía dificultades, corrían a ayudarla para que sus manos nunca se fueran a ensuciar. Porque la princesa era muy hermosa y querían conservarla así para siempre.

Un día, le consiguieron un hijo, tan hermoso como ella, que parecía que había salido de sus entrañas, pero que no era así, porque la princesa azul era inmaculada. También encontraron para ella un esposo, bello y amoroso, devoto de su belleza, que quedó igual de cautivado que sus padres por ese brillo enceguecedor y que procuraba nunca tocarla, para que no se fuera a cansar. Así, la princesa tuvo su propia familia, hecha por las manos y los deseos de sus padres y fue a vivir a una casa que era como ellos siempre habían querido para ella, de paredes de cristal para poder verla diariamente.

Un día, la princesa salió a caminar sola. Esto nunca lo había hecho, porque siempre contaba con la compañía de sus padres o de quien ellos designaran. Divisó un bosque y se internó en él. Sintió el crujir de la tierra, las ramas, las hojas bajo sus hermosas zapatillas de cristal. Olfateó los pinos, con su acidez y amargor dulce. Vio la luz colarse por entre las copas de los árboles y crear divertidas formas indefinidas sobre los troncos, en el piso, y en ese espacio vacío que había entre un árbol y otro, hacia adelante.


Siguió andando y llegó a un lago. Un lago verde, lleno de musgo, en un claroscuro de aquel bosque. Se acercó a la orilla, bajó la mirada y bebió desprevenidamente con su mano. Entonces, se miró a los ojos en el agua y se horrorizó. Su piel era tan pálida que parecía muerta y sus ojos no tenían brillo. Todo ese resplandor que había sentido tan suyo no era más que sus vestidos, tejidos y confeccionados para que sus padres pudieran verla brillar siempre. Entonces se miró las manos, hechas porcelana, frías y con unas articulaciones que apenas le permitían moverse. Se dio cuenta de que no las usaba, porque siempre había alguien allí para ayudarla.

Ante este espanto, la princesa gritó - algo que nunca había hecho - y pudo gritar y gritar porque nadie allí la oía, estaba sola, con el bosque y sus árboles, que eran tan hermosos y que le recordaban aún más su fealdad, su cadavérico ser. Se odió. Cayó al suelo y se revolcó en el lodo y la tierra en su piel le hizo sentir un poco de vida y así supo lo que tenía que hacer: tomó una piedra afilada y se degolló.

Cayó en pleno éxtasis de espaldas sobre el musgo y se entregó a la madre de toda la vida y allí murió.

Yo supe de su muerte poco después de que ocurriera. La princesa había sido el centro de mis juegos de infancia, una compañera a quien amaba profundamente. También yo la miraba resplandecer y me regocijaba en aquello que se parecía a la calidez. La admiraba y sentía celos de ella a la vez. Nos separamos al crecer y duramos muchos años sin hablarnos antes de que decidiera quitarse la vida.

Así que cuando me enteré no pude evitar el llanto y una voz en la garganta que sin que yo lo quisiera gritó: ¿¿¿por qué??? ¿Por qué decidiste morir si eras hermosa y tenías la vida que siempre habías soñado? ¿Por qué princesa, por qué moriste y además tan lejos de mí?

Y empecé a buscarla entre mis sueños y a llamar a su espíritu con mi mente y mi corazón. Confié en ese amor que nos habíamos tenido y en que cuando se ha amado, la conexión nunca se pierde.

Cuando se busca se encuentra, así que algunos espíritus acudieron a mí, tratando de decirme que podían ocupar el lugar de la princesa en mi corazón. Pero yo sabía que no era cierto, así que les despedí y seguí buscando, caminando por la ciudad que nos había unido, los pasos que juntas una vez recorrimos.

Me detuve un momento a ver a la gente y les vi llorar por la princesa. Todos la amábamos. Todos recibimos un poco de ese brillo y nunca pudimos olvidarlo. Vi a sus padres contemplar los días añorando a su princesa, su razón de ser y en la melancolía de la pérdida que se sabe irremediable. Sus ojos al horizonte, sin destellos para admirar. La casa vacía en la que el hijo se había evaporado y el esposo convertido en sal.

Seguí andando y encontré una torre al lado de un lago. Y en el reflejo de las luces en el agua pude sentir a la princesa. Princesa triste, melancólica, vacía para siempre. Le pregunté por qué había decidido morir y como respuesta pude sentir algo que más que nada fue un recuerdo, de sus hermosos ojos levantándose hacia los míos y espejando tristeza. Dos gotas como de rocío, cayeron de sus pupilas hacia las mías y las vi seguir su camino hasta el piso por mis mejillas y mentón.

La sentí atrapada en esa imagen azul por siempre. El mandato de la melancolía, ese vivir para otros sin poderse detener, sin contar nunca con lugar para sí.

Adiós princesa, adiós. Adiós a tu brillo y tu sonrisa. Tu lánguido caminar como si durmieras, tu cabello de seda. Adiós princesa azul, gracias por tanto. Por los juegos y las discusiones. Gracias por ser tan hermosa y hacerme sentir celosa. Gracias por no hacer nunca nada y que eso lo significara todo.

En eso, llegó un niño. Un niño de risa y movimiento, de profundos sentimientos, y este pequeño la vio, pudo ver a la princesa allí donde yo no podía. Se rió y la princesa pudo así romper el hechizo y desde mi lugar vi cómo su espíritu caía al agua y se disolvía.

Una mariposa emergió algunos metros adelante de donde había caído y lo supe: finalmente es lo que siempre quiso ser.

Disclaimer: Este es un cuento inspirado en un sueño que me impactó mucho hace algunos días. Espero haber honrado la experiencia.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Soy, eres, fuimos, somos

'La creatividad es justamente un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza. (...) Los humanos nos defendemos del dolor sin sentido adornándolo con la sensatez de la belleza. Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes'

R.M. 'La ridícula idea de no volver a verte'.


Estoy leyendo un libro maravilloso de Rosa Montero. El tercero en menos de tres meses, me enamoré perdidamente de ella <3 Qué delicia es cuando ocurre eso de enamorarse de un artista. 

Es un libro sobre el cambio, sobre el duelo, sobre la muerte, sobre el amor. Sobre el dolor, que es la otra cara menos placentera de ese mismo sentir. Y, una parte importante de mi camino es esta aceptación del cambio. De que las personas se van, a veces se quedan mucho, a veces poco, pero siempre tendremos ese momento de despedida. Aceptar que los tiempos de la vida terminan y abren unos nuevos, lo que no niega esa nostalgia que me ocurre cuando esos cambios pasan. Que el amor y el dolor van juntos, siempre, invariablemente.

Este es un nuevo capítulo de ese aprendizaje. Rosa habla sobre el tema de los muertos y la diferencia en la experiencia emocional de cuando la despedida ocurre y tu persona sigue viva. Ya no puedes tocarla, olerla, contarle de tu día, pero sabes que sigue allí en el mundo, compartiendo eso en otros espacios que no son contigo. Y yo pensaba, y sobre todo sentía, que en realidad este aprendizaje es uno que se trata de hermanarse con la muerte y aprender a verla más allá de esas ocasiones en que su presencia ocasiona que se suspenda una respiración. Esto es lo que ocurre con respecto a las relaciones que se piensan 'hasta que la muerte los separe'. Cuando ocurre un final, así no mueran las personas, ya llegó la muerte, esos seres que eran y que habían apostado por estar allí, murieron, y se terminó. 

Lo lindo de la reflexión que ando teniendo hoy y este tiempo, es que, así como cuando alguien muere se lleva una parte de ti y deja una de sí contigo, así también siento que ocurre con esas personas que un día hacen parte de la vida y al otro no, por las razones que sea. En mi caso, tengo muchas formas de apreciar eso: dichos que se asumen: hostia! para cuando algo me asombra mucho; no manches! para cuando algo me parece injusto; 'cuando lleguemos a ese puente vemos cómo lo cruzamos' para no adelantarme a las situaciones y manejar la ansiedad; amar el rock, la física y la ingeniería; ponerle limón y ají a la sopa; saber que el signo más divertido en la existencia es Sagitario; amar España, amar a México, darle un lugar a Alemania en el corazón y los recuerdos; idealizar Cuba y luego volverla a aterrizar en su dimensión gracias a un libro que alguien una vez me prestó y que se hizo uno de mis favoritos. Amar la cerveza, saber catarla, saber cuáles son los lugares en que más me gusta beberla. Que una casa sea de una familia y luego sea mía solamente.

Todo eso me lo trajo alguien. Todas esas personas se han ido de mi vida de un modo o de otro, cambiamos, ya no ocupamos ese 'juntos por siempre' visto desde el romance o la amistad. Se transformó en un 'hola' ocasional, o en alegrarme por cómo les va la vida o simplemente no saber nada más de cómo siguieron sus películas. Pero me dejaron mucho. Todo. Esos ejemplos son apenas la punta del iceberg de lo que hicieron en y por mí. Muy al estilo de esa frase de somos las personas que hemos amado, la verdad es que es así: los vínculos lo son todo, nos permiten experimentarnos arriba o abajo y conocernos en la luz y la oscuridad. 



Hace años escribí para una de mis personas amadísimas que lo que sembró en mí floreció, y así ha sido y sigue siendo. Lo que no vi en ese momento es que esa semilla también era la enseñanza de un amor tan grande que me permitió percibir los demás amores. Hoy recojo este mensaje luego de otro amor que me hizo aprender a apreciar la ausencia y celebrarla. La vida es una rueda amigos y amigas, de sube y bajas y de perspectivas sin final. Qué bello que así sea. 

Todo esto para compartirles lo mucho que celebro estos contrastes y la amplísima perspectiva que permite la pérdida, el adiós. Por eso escribo tanto sobre ello. Amar los días de flores y vino y presencia, tanto como los de ver por la ventana y caminar sola las calles y sentir la ausencia. Reír sin parar y luego acoger el llanto que trae la nostalgia de saber que esas risas ya no se repetirán.

Este aprendizaje de la vida me ha traído dos cosas enormes (hasta ahora, y lo que falta!): lo primero, esto de los ciclos, de apreciar el cambio y los tiempos que tiene todo lo que está vivo. Vivo la astrología y acompaño desde esa comprensión de que el tiempo y las energías disponibles son una realidad 'grande como una casa' (otro dicho regalo que me dejó alguien) y que no están bajo nuestro control. Así como no podemos prever el inicio, tampoco podemos elegir el final. Y por otro lado, que esa dualidad que a veces apreciamos entre lo que es 'bueno' y lo que es 'malo' es una cuestión simplemente de perspectiva. Hoy vemos de un modo, pero mañana veremos eso mismo distinto. Se trata simplemente de dejar que la vida nos acontezca, con todos sus matices.

Hoy veo desde la gratitud. Me gusta esa mirada. Hoy abrazo esas huellas de las personas que he amado (y de algún modo siempre voy a amar), ya sean unas muy lindas y brillantes y otras tristes y oscuras; todo me constituye, me permite conocerme y recordar que yo soy esas luces y sombras y grises y que eso que sentí separado de mí, es también lo que soy hoy. Diría Rosa: 'Porque muy dentro de mí estamos todos'.

Como siempre, gracias al amor, que es en verdad todo lo que existe. El amor es lo que nos queda siempre, también cuando la cara más visible es la del dolor.

jueves, 2 de mayo de 2024

Las ventanas abiertas

Esa casa era una casa de ventanas abiertas. Eso era lo que siempre le había parecido. Solamente había que levantarse de la cama -que compartía con otro hermano- y salir corriendo al pasillo y allí estaba la luz. Y las plantas, los árboles, los pájaros. Reía y abría los brazos: qué bien se vive en esta casa de ventanas abiertas.

Amaba a su madre, a esa presencia constante y generosa que deambulaba por esos pasillos luminosos. Preparaba la comida, vendía la leche, gritaba a este y a la otra para que hicieran sus deberes. Él, tenía la misión de la risa, lo había entendido desde muy niño y así lo encarnaba cada vez que salía el sol. Si la vida era difícil, si las restricciones tocaban la puerta o la ventana, si el espacio se hacía chico y asfixiaba, él abría las ventanas y mostraba sus dientes, felices, a la existencia.

Creció con este mantra: yo soy la risa. Se hizo hermano de sus hermanos dándoles ese espacio de descanso interior. Se hizo un hijo amado de su madre recordándole que su sacrificio y su vida habían dado alegría al mundo a través de él. Se hizo un hombre apetecido por las mujeres, que caían derretidas como pétalos de flor entres sus manos al ver la luz que emanaba esa forma tan gozosa de vivir.

Ir al campo, sentir el matorral, ver las nubes, tomar la tierra entre sus manos, cantar con las vacas y saber cómo y por qué crecía la vida. Qué bueno era estar vivo en este mundo de ventanas abiertas. Las ventanas de sus ojos, de su risa, de sus brazos al bailar y mover los hombros, como le había enseñado su papá. Las piernas abiertas de su mujer, que eran misterio y deleite infinito a la vez. Los ojos abiertos de las botellas que se vaciaban sin parar en medio del baile, los gritos y las frases de entusiasmo. Los brazos abiertos de sus hijas preciosas, amadas, que corrían a su encuentro con el corazón abierto y nutrido por el amor.

Qué maravilloso vivir en este pueblo de ventanas abiertas, en medio de este planeta de luces y sombras siempre abiertas.



Ese don de la alegría, ese rol del gozo y la dicha en la familia, encontraba sosiego en ese hermano huraño y en ocasiones malgeniado que era su favorito. Con él podía ser de una manera que no podía ser con nadie más. Su euforia encontraba paridad en la calma del otro. El mediador. Ese era el rol que le había tocado en las cartas a este hermano, su hermano adorado. 

El tiempo le fue mostrando que la vida no siempre tiene las ventanas abiertas. Que dentro de nosotros hay lugares que cerramos porque vivir duele mucho a ratos. Sin darse cuenta, cerró un día una ventana en su corazón para ese hermano y la oscuridad cubrió su ser sin que pudiera verla venir. Su hermano sí la vio y reprochó esta oscuridad, pero era su propio mundo, ese interno, impenetrable que tenemos todos.

Dejó de ver las ventanas abiertas todos los días. Y poco a poco las fue viendo cada día menos, dando paso a corredores cerrados de los que no encontraba la forma de salir. Escuchaba las voces de su esposa, sus hijas amadas y sus bellas familias y corría hacia ellas, pero no lograba alcanzarlas. Era como si un velo cubriera esos espacios en los que antes había podido percibir y disfrutar la luz.

Un día, cerró los ojos. Y escuchó una voz en su pecho que le indicaba el camino hacia esa luz amada y anhelada. No abrió los ojos más, solamente se dejó guiar por ese tenue latido. Cayó por un tobogán que le recordó sus juegos de infancia y al salir, abrió los ojos y se encontró de frente en aquel patio de su casa de infancia, luminoso, y a sus padres riendo felices, que le recibieron con los brazos abiertos. La luz había vuelto, igual que su risa. Las ventanas estaban abiertas de nuevo y ya nunca se volverían a cerrar.


Disclaimer:

Este es un cuento para una persona importante para mí, que murió hace dos años, cuando decidió conscientemente irse del planeta. En ese momento, también estaba yo pensando en ello, y de alguna manera, su muerte me ganó unos años más acá. Mi gratitud es contigo, siempre. A veces nos olvidamos de que ser humanos significa que tenemos bellezas deslumbrantes y sombras aterradoras. No sé mucho de las oscuridades de esta persona, no lo conocí tan profundamente. Sin embargo, así con ese gozo es como le recuerdo. Que el final, tan desolador, no empañe la belleza que fue su vida.

Con amor,

Diana.

sábado, 13 de abril de 2024

Intimidad

 Esta palabra es una que tiene un lugar central en mis reflexiones en torno a la vida. Ha sido un desafío enorme para mí, ya que integré desde pequeña unos enormes patrones de desconfianza que me han llevado a buscar la superficialidad en mis vínculos, para sentirme a salvo, para no exponerme demasiado.

Desde hace un par de años el plan de mi alma al parecer cambió y he venido profundizando en esta aventura de intimar, de abrirme a conexiones más profundas, de pagar el precio de la cercanía, que muchas veces se ha sentido como una especie de renuncia a la libertad, aunque en realidad no sea así. También se ha sentido como peligroso, como algo que dolerá y así es, pero qué le vamos a hacer.

En estos días tuve una ruptura, no sé si temporal, con un amigo muy especial para mí, ya que fue de las primeras personas a las que decidí abrir mi mundo hace ya varios años. Y siento que la razón para esa ruptura fue la dificultad para sostener la intimidad y por eso estoy escribiendo este post.

Abrir el corazón a una persona implica una enorme vulnerabilidad. Ser vulnerables es uno de los desafíos más grandes que tenemos al ser humanos, porque nuestra mente es muy sensible y encuentra maneras para evitar esa sensación que identifica con el peligro. Pueden ser cualquier cantidad esas estrategias: drogas, alcohol, juegos, sexo, control. Hay que inyectarle alguna dosis de lo que sea para no sentir ese peligro, para no sentir que abrimos demasiado el corazón. Esto es especialmente fuerte si hemos vivido nuestra vida, como yo, con pocos niveles de intimidad, con bajos niveles de cercanía con varias personas. Solamente la palabra intimidad se asocia fácilmente con la interacción sexual, aunque no necesariamente la implique.

Han escuchado esta historia de que un hombre y una mujer (o dos personas, for that matter) no pueden ser amigos? Pues bueno, viene de esa incapacidad nuestra para sostener la intimidad, la cercanía real con una persona. Porque, si ya estamos ahí, si hemos abierto el corazón, entonces debe significar que hay algo más, verdad? Debe significar que esta persona debería ser mía, que un control debería establecerse, que podríamos distraernos teniendo sexo para (por favor!) no sentir esa cercanía. Qué mentiras, qué estrategias las que crea nuestra mente para separarnos del amor.


Porque el amor tiene mil maneras de expresarse, de existir en nuestra vida. Una de las más bellas, por supuesto, es la amistad, porque nos da la posibilidad maravillosa de amar en libertad, de conocernos en el otro, de acercarnos sin esa ilusión del control, solo por el gusto de estar con ese ser. Qué triste que nos perdamos de eso por las ideas sociales o por nuestra incapacidad emocional. Es justamente en la amistad donde podemos entrenar esa capacidad, esa comprensión profunda del amor. Es en el día a día de estar con nuestros amigos y amigas que podemos aprender que no es en la pareja en el único lugar donde podemos dejarnos caer, donde podemos encontrar sosiego al dolor de sentirnos solos en el mundo, donde podemos ser vulnerables y llegar a intimar.

Trascender esto en nuestras amistades, comprender que no es solamente a través del sexo que nos podemos conectar profundamente, ir más allá de ello, es un regalo hermoso que vale la pena darnos, que vale la alegría cultivar. Porque además es en esos lugares donde luego encontramos nuestra independencia a la hora de entrar en pareja y podemos ayudarnos a no depender tan profundamente de ese vínculo. Y también, al comprender esto, podemos soltar el temor que nos da cuando nuestras parejas tienen también otros vínculos significativos: los podemos aceptar porque los sentimos en carne propia, los podemos comprender.

Hoy quiero invitarme y conmigo a ustedes a continuar en el cultivo de la intimidad en la amistad. A observar esa tendencia de la mente a enrollarse y complicar lo que es fácil, a dejarnos amar en la calma y la dulzura que traen los amigos y amigas y a dejarlo ser allí. Siempre hay espacio para las aventuras románticas, pero hagamos uno especial y decidido a los amigos y las amigas. Acabemos con esa sentencia terrible de que no podemos tener amistades genuinas y profundas que sean solamente eso.

Aprender que la intimidad es algo hermoso a cultivar en todos nuestros vínculos significativos, no solo en la pareja, así ese vínculo tenga su propio color. Amemos, que a eso fue a lo que vinimos <3

domingo, 7 de abril de 2024

Cuento de eclipse: Veneno

La prueba de ese momento fue encontrarme con tanta oscuridad. Había huido tanto tiempo de esa historia que le hice un cuarto en la parte trasera de mi mente y me olvidé de él. Le dejé existir allí.

De lo que no me di cuenta fue que siempre estuvo saliendo de allí. Invadió todos mis espacios y mis vínculos. Era una sombra que no podía ver, que de vez en cuando me permitía ojear un resquicio cuando volteaba a ver, pero desaparecía dejándome con la inquietud de si aquello había sido real.

Se ocupaba de mis distracciones. Proyectaba marionetas en la pared, que me hacían creer que ya no estaba allí, que todo estaba bien, que lo había dejado bien guardado en ese cuarto al que creía que solamente yo tenía acceso. Pero las marionetas le expresaban de diferentes maneras: estilos, gestos, pero sobre todo esa forma de relacionarnos, que era de la que yo huía desesperadamente sin más remedio que volver a construirla, una y otra vez, una y otra vez.

Un día, me encontré exhausta de correr, de escapar. Hastiada, como si hubiese comido un banquete eterno y queriendo vomitar. Me di un golpe en la base de la columna que generó un dolor que duró por días y decidí tomarlo como una señal: necesitas detenerte. Y así lo hice. Pasé días y noches contemplando las sombras, inventariando los vínculos, descorriendo cortinas y navegando por los cuartos de mi ser hasta que no me quedó más remedio que ir a ese.

Y allí estaba aquel monstruo. Gigantesco, gordo, repugnante, patas arriba y con esas antenas que me hacían gritar cada vez que volteaba a verlo. Satisfecho de alimentarse de mí, de mi amor y de mi miedo, de mi auto-victimización, de mi auto-suficiencia también. Reproducido en mil sombras pequeñas que deambulaban por todo el cuarto y luego pude ver que estaban por toda la casa. Grité de desesperación y lloré con la misma palabra en los labios que había buscado que solucionara siempre ese problema... pero esta vez no podía servir, porque el monstruo se la había tragado. Mi negación había nublado cualquier posibilidad de luz en ese nombre.

Así que no me quedó más camino que enfrentar a este monstruo. Lo ayudé a levantarse y le pedí que se sentara en una silla y hablamos frente a frente. Vi sus ojos, enormes, vacíos, llenos de carencia y de sed, de muerte. Lo miré y vi mil generaciones a través de ellos. Otros miles de gritos como el mío y cientos de habitaciones oscuras que buscaron hacer lo mismo que yo: olvidarlo, silenciarlo, aumentando su fuerza y expandiendo su presencia. Le dije que lo veía. Le dije que veía las generaciones que le antecedían. Le dije que veía el dolor, el miedo, la podredumbre. El silencio, la complicidad, la evasión. Le dije que me viera, que este era mi territorio y que ya no era bienvenido, que se tenía que ir y hacerse cargo de sus asuntos. Prendí mi fuego y quemé toda mi carne y mi dolor allí.

Pero, pese a mi acto de valentía, se negó. Lo vi tomar con sus patas peludas ese nombre tan importante para mí. Aferrarse. Desafiarme porque yo no tenía derecho a ese reclamo, a esa voz que por fin se atrevía a alzarse.

Así que elegí la muerte. Tomé el veneno del que disponía y lo envenené. Y con él a esa parte de mí que se negaba a morir con él. Esparcí el veneno por todo el cuarto y por toda la casa y lo boté encima del monstruo para asegurarme de que se muriera bien. Me caí en mí misma y me invadió el silencio y el dolor, en cada parte de mis células. Una parte de mí me gritó: detente! Pero tuve que elegir. Era asumir el veneno y matar al monstruo o yo. Tuve que sacrificar esa parte de mí, para que no matara a todas las demás.




El veneno pasó por mis venas y se evaporó con mi fuego. Pude levantarme, como un fénix de sus cenizas y empecé a moverme despacio, poco a poco, recobrar el aliento o más bien respirar por primera vez, libre de aquello. 

Volteé a ver a mi amado y odiado monstruo. Lo vi agonizar allí. Retorcerse de dolor y sentí tristeza, compasión y ganas de aliviarlo, de que no sufriera más. Lloré, lloré un mar de lágrimas que salían desde lo más profundo de mi ser. Pero era el monstruo o yo y la elección estaba hecha.

Abrí las cortinas de aquel cuarto, para que entrara la luz; y luego las ventanas para que entrara el aire, para que ese nuevo ánimo pudiera esparcirse por todos los cuartos de mi casa interna. Dejé de sentir miedo y acepté que ese monstruo sería parte de mí por siempre. Que sus cenizas eran parte de la tierra en la que mi ser se renueva siempre, una y otra vez. Esa misma tierra de mis raíces. Le honré y empecé poco a poco a sentir amor por él en mi ser. Un amor nuevo, sin idealizaciones, uno que pudiera pronunciar ese nombre y sentirlo finalmente completo. Uno que pudiera tomar esa sombra en mí, sin negaciones.

Le hice un pequeño funeral al monstruo. Una pequeña oración: descansa en paz. Que seas libre, que la luz sea en tu ser. Y a la manera de los enanos en blanca nieves le dejé flores y le dejé ser allí, en su cuarto, ahora abierto y luminoso, emanando luz a la conciencia de mi ser.

Gracias monstruo. Gracias.